Blog Vinos de Casas - Por DAMIAN CASAS
Si las uvas tuvieran una monarquía, el trono no se votaría: directamente se entrega a Cabernet Sauvignon. No por fama vacía, sino por genética, historia y un pasaporte lleno de sellos.
Si Francia escribe tratados, Italia compone óperas y Alemania calcula acordes, Portugal canta fado con una copa en la mano. Aquí el vino no se mide: se siente. Se hace con memoria, con saudade, con la sal del Atlántico y el fuego del Alentejo.
Dicen que el vino lleva en su ADN el viaje. Que en cada gota hay un recuerdo de mares cruzados, de manos que plantaron esperanza en tierras desconocidas. América no nació con viñas: las soñó. Fue el eco de los barcos europeos, el aroma de Burdeos y La Rioja, el deseo de fundar un mundo nuevo también en la copa. Así comenzó esta historia, donde el vino dejó de mirar al Mediterráneo y empezó a reflejar el cielo del sur, los valles del Pacífico y los desiertos que florecen con uvas.
Willkommen, freunde del buen beber.
Si Italia es la sobremesa eterna y Francia la cena elegante, Alemania es el laboratorio donde el vino aprendió geometría, equilibrio y precisión.